miércoles, 14 de octubre de 2009

Yacía boca arriba (continuacion de 19/08/09)

Yacía boca arriba. Frente a mí, el cielo estrellado; los cuerpos verdes de los árboles rozando con el tendido de media tensión, que se une poste a poste hasta terminar en quién sabe dónde.
Sin mucho esfuerzo me puse de pie, sin pensar tal vez que el tipo podría rematarme de lleno a los sesos apenas viera que su disparo no fue lo suficientemente certero como para darme muerte. Por el contrario, el trastornado sicario de lo desconocido se esfumó como la pólvora. Ni siquiera se llevo mis pertenencias de souvenir. ¿Qué clase de enfermo sale a amenazar de robo a la gente, solo para fusilarla de frente? ¿Será un milico retirado con ansias de zurditos muertos? Preguntas sin mucho sentido que se me hicieron en la cabeza mientras volvía de camino a mi hogar, preguntas que aparecieron mucho antes, —cuadras antes para ser preciso— de cuestionarme ¿por qué no me retorcía del dolor a causa del perdigón de metal incrustado entre los músculos? Toqué mi hombro izquierdo: mi abrigo estaba roto sobre el punto donde sentía el dolor, dolor que se expandía desde el epicentro del impacto hacia todos mis hemisferios. Pero no había sangre, ni carne en exposición, ni perforación sobre la dermis. El dolor seguía creciendo, pero no era dolor por alguna infección, ni por el entumecimiento de los músculos dañados, sino un dolor en forma de virus, de virus de computadora, propagándose dentro de mi persona material a pasos agigantados, separando todas y cada una de mis composiciones. El problema no estaba sobre el cuerpo, ese era controlable, la situación se tornó difusa cuando, con la intención de dirigirme a mi casa, me sorprendí caminando hacia el lado contrario, a pesar de saber el trayecto del camino a casa, de saber cómo hacerlo, de pensar e imaginarme por un rato que realmente lo estaba haciendo, cuando en una realidad más compleja estaba a 8 cuadras de mi casa, y a 3 de donde sufrí el impacto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario