miércoles, 19 de agosto de 2009

volátil, como pólvora.

Y estaba ahí, parado frente a mí, con el revolver calibre 38 apuntándome a la altura del pecho. Y yo también ahí, completamente embebido en sudor, con una taquicardia tal que podía sentir mi corazón rozando el broche de la corbata.
No llegué a entender con exactitud nunca esa situación, un completo desquiciado, nervioso como nunca se abra sentido, pidiéndome el cigarro armado que tenia en la mano, y mis cosas de valor, dijo que las tirara junto con el cigarro delante de él sin hacer ningún movimiento de mas. Sin mucho titubeo hice paso por paso lo que aquel neurótico desquiciado me pedía; alcancé a sentirme mas cobarde de lo que siempre me sentí (vale aclarar que siempre eh sido un cobarde), me veía ahí, en medio de esa calle por la cual pasaba en forma cuasi-religiosa todas las noches, por la que jamás tuve ningún tipo de inconveniente parecido, ni parecido ni de ninguna índole.
Tan cobarde me sentí entonces, que creo que evoqué una sonrisa, 30% ironía, cargado de otro 40% de vergüenza y el 30% restante era la gracia que me causaba saberme tan cobarde. Ahí mismo, en esos 2 segundos que tardo esa sonrisa me toco vivir algo único en mi vida, en 2 segundos pude percibir todo, sentir las fuerzas que fluían en todas las direcciones, vi el sonido viajar a través de las luces, también pude ver sus poros abiertos, emanando gigantescas gotas perladas de sudor, y se reflejo en sus pupilas un resplandor hermoso, rápido y certero; mientras esos 2 luceros se abrían como las piernas de la mujer que se gana la vida a cambio de gemidos, y su lengua mojaba ambos labios formando una mueca digna del personaje cumbre de Thomas Harris, la mueca perteneciente a un psicópata sociópata. Fue ahí mismo cuando acto seguido de ver el fuego reflejarse en sus pupilas, sentí como el frió del plomo me desgarraba la carne, abriendo paso hacia adentro tanto del poliéster como de los huesos.
Caigo al asfalto mojado con los oídos aturdidos del martilleo del gigante de acero, con detalles en plata y empuñadura de marfil Quede anonadado, completamente inmóvil, sin poder sentir casi media parte del cuerpo, no atine ni a tocarla, ni a moverla, yo ya era medio de lo que era hacia 3 segundos atrás.
No habían dudas, una mitad de mi se despidió junto a la pólvora, se esfumo y me dejo con el otro gran porcentaje de mi ser, un porcentaje del cual el ser es consiente de su existencia, pero que desconoce en forma completa sus características, Me quede con un porcentaje de mi ser que yo mismo ocultaba, la basura bajo el tapete, dentro de la bolsa de consorcio, negra como el resentimiento que puede tener ese porcentaje de mi, a quien creo ser yo.